Noche extraña...

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Noche extraña...

Mensaje por Drark el Dom Sep 02, 2012 12:05 am

Algo, algo hacia que el viento no se mueva como lo hacía todas las noches.
Una sustancia lo recorría, como una energía eléctrica que danzaba en ella.
Algo... parecía perdido entre los escombros ruinosos de la naturaleza.

Aquella noche parecía que sus manos, las manos del viento, como garras fantasmales, intentaran romper los límites de lo físico y lo real, los límites de la materia y aferrarse a sus víctimas, susurrándoles cosas de miedo… designios indescifrables, algo oculto en el más profundo secreto a través de los tiempos.
Esa noche, el aliento del mundo, el viento frio, viajaba deslizándose, con su manto rasgado, mas sigiloso que de costumbre, como un señor esta vez temerario.

Algunos dispersados faroles mientras, iluminaban las oscuras calles y los arboles parecían dormitar con la caricia refrescante de la briza en sus cabellos.

Un perro vagabundo estaba inspeccionando bolsas de basura en un callejón. Pero algo lo ahuyento.
El pobre perro, sólo hizo un agudo quejido y salió despavorido.

Todo estaba extraño, en los exteriores, y en los interiores.
Los niños se sentían inseguros aquella noche, incluso algunos grandes también.

Algunos se habían levantado por el murmullo de las hojas, otros no sabían bien por qué, pero quizás, alguna sombra de origen desconocido había pasado rápidamente por las ventanas, justo cuando sus ojos estaban cerrados.

La bella dama blanca de la fuente de mármol, aun estaba riendo entre la neblina. Con su jarro en mano vertía el agua negra en un contenedor por de bajo, mas grande.
Aquel líquido no sólo era oscuro por la oscuridad. Sus partículas formaban algo sin trasparencia alguna. Un vacío profundo parecía estar encerrado en aquella agua espesa y bizarra. El blanco contrastaba con el negro.

Entre los troncos y raíces de los árboles más viejos de aquel pequeño bosque en la ciudad, las sombras se acentuaban. Algo aparentemente se movía morbosamente allí. Con un movimiento continuo y enfermizo como si estuviera alimentandose de algo. Al igual que una cabeza enloquecida y retorcida, queriéndose desprender de su cuello.

La catedral se hacía presente imperiosamente, imponentemente, mirando por encima de todo con sus cúpulas altas que arañaban el cielo misterioso, al igual que la cara más soberbia sacando su mentón.

Tristes ángeles, sin embargo, la decoraban, al igual que aquellas gárgolas petrificadas, con expresiones serias aguardando siempre en su espera, protegiendo el recinto sagrado dispuesto al engaño de unos cuantos.
El banquillo pálido cerca de la acera, estaba solo. Ni un anciano se había acercado buscando reconfortarse y sentarse en él a mitad del recorrido devuelta a su casa.

No es ese hecho de soledad que hacía que nadie quiera sentarse en aquel banco, o pasear por las tristes calles del barrio. Más bien el aire sugería estar habitado por presencias imperceptibles por los ojos. Aquel banco tal vez no estaba tan solo después de todo.

Los juegos infantiles del parque habían sido cerrados. Hace largo rato que el último niño se había marchado. El payaso inmóvil de la entrada sonreía exageradamente con su enorme boca, aunque estaba muy desanimado pues la diversión se alejo.

Un envoltorio de caramelo permanecía en el mismo sitio, sujetado por el verde pasto opacado por las sombras. Fue abierto y tirado sin importar que el cesto este a unos pocos pasos.
La chica lo había comprado animadamente, especialmente para su chico. Pero ella lo vio de la mano con alguien más.
Toda la tarde hasta la misma noche, paso inadvertido por las personas, incluso por el personal de limpieza.

Un bebe a lo lejos se escuchaba llorar, el sonido provenía de alguna elevada ventana abierta, y recorría las ajustadas calles donde se erguían los edificios grisáceos, mas no llegaba a infiltrarse en la zona de casas donde los ruidos morían.

En el suelo, mas específicamente en la vereda que rodeaba la pequeña pero elegante escuela, una moneda era el único elemento fuera de sitio. Si, algunas cosas estaban desordenadas, y quizás algunos papeles rotos se deslizaban al son del viento. También la ligustrina era desprolija por un mal cortador. Aunque todo eso era más normal y siempre había sido así. Pero aquella moneda, desentonaba extrañamente.

Él la sorprendió con un abrazo desde la espalda cuando ella estaba sentada en la vereda esperando el colectivo. En aquel momento la moneda resbalo desde su bolsillo, mientras ella sonreía.


Al igual que un texto escrito que pasa desapercibido por la persona a la que fue dirigido, la noche pasaba lentamente ensimismada, como un ente perdido, sin sentido, esperando aquello para lo que fue producido. Muchas otras cosas pasan desapercibidas, quizás la voluntad misma de algunas palabras, estas mismas palabras, manchando una hoja vaga, mientras las personas se ríen en sus casas.
Las palabras se destrozan en pedazos y lloran desesperadas. Nunca serán siquiera escuchadas, ni leídas, ni siquiera entendidas.


Entretanto las estrellas flotaban alto entre las nubes esponjosas, asomando sus miradas a través de ellas. En una noche, en una noche donde el viento estaba cambiado.



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