La Máscara de mi padre (por Joe Hill)

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La Máscara de mi padre (por Joe Hill)

Mensaje por Drark el Jue Ene 05, 2017 9:58 pm

Para serles sincero no postearía cualquier historia en el foro.
Hace unos días estaba pensando por el hecho de no haber encontrado los misterios que encierra. Así que me abalancé de nuevo a su lectura para intentar una mejor comprensión.
Al final fue cuando me dije a mí mismo que debía compartirla con ustedes.
En ella todo se desenvuelve, al menos para mí, entre un aire muy "especial", muy particular.
Puede parecer larga su extensión si se atreven a juzgar con una rápida mirada por debajo, sin embargo, su lectura es ligera y fácil. Invita en todo momento a avanzar para introducirnos más.
Espero disfruten de este cuento






La máscara de mi padre
Joe Hill



En el camino a Big Cat Lake nos pusimos a jugar. Fue idea de mi madre. Anochecía, y cuando llegamos a la autopista estatal ya no quedaba luz en el cielo, excepto un brillo pálido y frío en el oeste. Entonces me dijo que venían a por mí.

—Son personajes de la baraja de cartas —dijo—. Reyes y reinas, tan delgados que pueden deslizarse debajo de las puertas. Vienen en dirección contraria, desde el lago. Nos buscan, quieren interceptarnos y mientras sigamos en la carretera no podemos protegerte de ellos. Así que, rápido, agáchate. Aquí viene uno de ellos.

Me tumbé en el asiento trasero y al mirar hacia arriba vi los faros de un coche que venía en dirección contraria. Aún no estaba seguro de si me había tumbado para jugar o simplemente para estar más cómodo. Estaba de bajón. Había hecho planes para pasar la noche en casa de mi amigo Luke Redhill: ping-pong y televisión hasta tarde, en compañía de Luke (y de su hermana mayor Jane, con sus piernas largas, y de su amiga de cabellos exuberantes, Melinda), pero al llegar a casa del colegio me había encontrado las maletas en la rampa de entrada y a mi padre cargando el coche. Entonces fue cuando me entere de que íbamos a pasar la noche en la cabaña de mi abuelo, en Big Cat Lake. No podía enfadarme con mis padres por no haberme contado sus planes, pues seguramente no los habían hecho. Lo más probable era que hubieran decidido ir a Big Cat Lake durante la comida. Mis padres nunca tenían planes, sólo impulsos y un hijo de trece años, y nunca veían la necesidad de hacerme partícipe de ellos.

—¿Por qué no podéis protegerme? —pregunté.

—Porque hay cosas de las que el amor de una madre y el valor de un padre no pueden salvarte. Y, además, ¿quién podría enfrentarse a ellos? Ya conoces a los personajes de la baraja. Se pasean por ahí armados con hachas doradas y pequeñas espadas de plata. ¿No te has fijado lo bien armados que van siempre los triunfos en el póquer? —contestó mi madre.

—No por casualidad los primeros juegos de cartas simbolizan batallas —añadió mi padre mientras conducía con una muñeca apoyada en el volante—. Todos los juegos son variaciones del mismo argumento: reyes metafóricos peleándose por reservas limitadas de chicas y dinero.

Mi madre me miró muy seria por encima del respaldo de su asiento, con los ojos brillando en la oscuridad.

—Tenemos problemas, Jack—dijo—. Problemas graves.

—Vale —dije.

—Lleva ocurriendo un tiempo, aunque al principio te lo ocultamos porque no queríamos asustarte. Pero ahora tienes que saberlo. Verás… nos hemos quedado sin dinero por culpa de la gente de las cartas. Han estado conspirando contra nosotros, arruinando nuestras inversiones, dejando nuestras cuentas en números rojos. Han propagado rumores terribles acerca de tu padre en el trabajo, no quiero entrar en detalles que te resultarían demasiado dolorosos. Nos amenazan por teléfono. Me llaman durante el día para contarme lo que van a hacer. A mí, a ti, a todos nosotros.

—La otra noche me echaron algo en la salsa de almejas —continuó mi padre—. Y tuve tal diarrea que pensé que me iba a morir. Y la ropa llegó de la lavandería con unas extrañas manchas blancas. También fueron ellos.

Mi madre rió. He oído alguna vez que los perros tienen seis clases diferentes de ladridos, cada uno con un significado: intruso, quiero jugar, necesito hacer pis… Mi madre tenía todo un repertorio de risas, cada una con un significado y una identidad inconfundibles, y todas ellas maravillosas. Ésta, convulsa e incontenible, era con la que reaccionaba a los chistes escatológicos; también a las acusaciones, o cuando la pillaban haciendo alguna travesura.

Reí con ella, ya sentado y más relajado. Por un momento su expresión había sido tan grave que olvidé que todo era un juego. Se inclinó sobre mi padre y le pasó un dedo por los labios, haciendo el gesto de cerrar una cremallera.

—Déjame contarlo a mí —dijo—. Te prohíbo que digas nada más.

—Si tenemos tantos problemas económicos —intervine yo—, podría irme a vivir con Luke durante una temporada —«y con Jane», añadí mentalmente—. No quiero ser una carga para la familia.



Mi madre me miró de nuevo.

—No es el dinero lo que me preocupa. Mañana vendrá un tasador. En casa del abuelo hay antigüedades de mucho valor, cosas que nos dejó en herencia. Vamos a ver si podemos venderlas.

Mi abuelo, Upton, había muerto el año anterior de una forma de la que no nos gustaba hablar, una muerte que no casaba en absoluto con su vida, como un final de película de terror en una edulcorada comedia de Frank Capra, un pegote. Se encontraba en Nueva York, donde tenía un apartamento en uno de los edificios de piedra rojiza típicos del Upper East Side, una de las muchas casas que poseía. Un día llamó al ascensor y cuando la puerta se abrió entró… sólo que el ascensor no estaba y cayó desde el cuarto piso. La caída no lo mató, sino que sobrevivió un día entero en el fondo del hueco del ascensor. Éste era viejo y lento, y chirriaba siempre que tenía que desplazarse, al igual que muchos de los inquilinos del inmueble. Así que nadie oyó gritar a mi abuelo.

—¿Por qué no vendemos la casa de Big Cat Lake? —pregunté—. Nos forraríamos.

—No podemos hacerlo, la casa no es nuestra. La tenemos en usufructo la tía Blake, los gemelos Greenly, tú y yo. E incluso aunque fuera nuestra no podríamos venderla. Pertenece a la familia desde siempre.

Por primera vez desde que estaba en el coche pensé que comprendía por qué íbamos en realidad a Big Cat Lake. Mis planes para el fin de semana habían sido sacrificados en aras de la decoración de interiores. A mi madre le volvía loca la decoración: elegir cortinas, pantallas de lámparas, pomos especiales para las puertas de los armarios. Alguien le había encargado redecorar la cabaña de Big Cat Lake —bueno, en realidad lo más probable es que ella misma se hubiera adjudicado la tarea—, y tenía intención de deshacerse de todos los trastos viejos.

Me sentí como un estúpido por haberla dejado distraerme de mi malhumor con sus juegos.

—Quería dormir en casa de Luke —dije.

Mi madre me dirigió una mirada traviesa y de complicidad con los ojos entornados y sentí una inmediata punzada de desasosiego. Era una mirada que me hacía preguntarme cuánto sabía y si había averiguado la verdadera razón de mi amistad con Luke, un chico sin modales y con tendencia a meterse el dedo en la nariz, buena persona, pero al que yo consideraba intelectualmente inferior.

—Allí no estarías a salvo. La gente de la baraja te encontraría —dijo en un tono alegre, y quizá demasiado esquivo.

Miré al techo del coche.

—Vale.



Seguimos circulando en silencio.

—¿Por qué vienen a por mí? —pregunté, aunque para entonces estaba harto del juego, no quería seguir con él.

—Es porque hemos tenido muchísima suerte, nadie debería ser tan afortunado como nosotros, ellos no lo soportan. Pero si consiguen atraparte, entonces estaríamos empatados. No importa la suerte que hayas tenido en la vida; si pierdes un hijo se acabaron los buenos tiempos.

Éramos afortunados, cierto, quizá incluso muy afortunados, y no era que simplemente tuviéramos dinero, como el resto de los miembros de nuestra numerosa familia de inútiles que vivían de las rentas. Mi padre tenía más tiempo para mí que los otros padres. Se marchaba a trabajar después de que yo me hubiera ido al colegio, y por lo general ya estaba en casa cuando yo volvía, y si no tenía otra cosa más importante que hacer, solíamos ir a jugar unos hoyos al campo de golf. Mi madre era guapa, todavía joven, treinta y cinco años, y tenía un instinto natural para las travesuras que la hacía extremadamente popular entre mis amigos. Yo sospechaba que muchos de ellos, incluido Luke Redhill, se habían masturbado más de una vez pensando en ella, y en gran medida la atracción que sentían hacia ella explicaba su interés por ser amigos míos.

—¿Y por qué es seguro Big Cat Lake? —pregunté.

—¿Quién ha dicho que lo sea?

—Entonces, ¿por qué vamos?

Se dio la vuelta.

—Para disfrutar encendiendo la chimenea, dormir hasta tarde, desayunar tortitas y pasarnos la mañana en pijama. Incluso aunque temamos por nuestras vidas no hay razón para pasarnos todo el fin de semana sufriendo.

Puso una mano en el cuello de mi padre y jugueteó con sus cabellos. Entonces se puso rígida y le hundió las uñas en la carne, justo debajo del pelo.

—Jack —me dijo. Miraba por la ventanilla del conductor hacia algo que había en la oscuridad—. Agáchate, Jack, agáchate.

Íbamos por la autopista 16, larga y recta, con una mediana baja de hierba entre los carriles. Había un coche aparcado en un cambio de sentido entre los carriles y cuando pasamos junto a él se encendieron los faros. Volví la cabeza y lo miré un momento antes de agacharme. El coche —un Jaguar plateado nuevo— enfiló la carretera y aceleró detrás de nosotros.

—Te dije que no debían verte —dijo mi madre—. Acelera, Harry. Aléjate de ellos.

Nuestro coche aceleró en la oscuridad. Apoyé las manos en el asiento y me arrodillé para mirar por el cristal trasero. El otro coche seguía exactamente a la misma distancia, daba igual lo rápido que fuéramos, entraba en las curvas de la carretera con una seguridad silenciosa y amenazante. Por momentos el aire se me quedaba atascado en la garganta y tenía que acordarme de respirar. Las señales de tráfico pasaban en ráfagas ante mis ojos, y la velocidad me impedía leerlas.

El Jaguar nos siguió durante cinco kilómetros antes de desviarse hacia el aparcamiento de un restaurante de carretera. Cuando me di la vuelta en el asiento mi madre se estaba encendiendo un cigarrillo con el círculo anaranjado del mechero del coche, mientras mi padre cantaba en voz baja, aflojando el pie del acelerador. Movía la cabeza suavemente de un lado a otro, siguiendo el ritmo de una melodía que yo no conocía.





Corrí por la oscuridad mientras el viento me hacía agachar la cabeza sin dejarme ver por dónde iba. Mi madre me seguía de cerca y ambos nos apresuramos hacia el porche. No había ninguna luz que iluminara la casa, situada junto al agua. Mi padre había apagado los faros del coche y la casa estaba en un bosque, al final de un camino de tierra lleno de baches, sin farolas. Detrás de la casa pude atisbar el lago, como un agujero en un mundo lleno de pesada oscuridad.

Mi madre nos abrió la puerta y empezó a dar las luces. La cabaña estaba distribuida en torno a una gran habitación central con techo de madera con vigas vistas y paredes hechas de tablones con la corteza roja descascarillada por algunos sitios. A la izquierda de la puerta había un vestidor, con un espejo oculto por dos cortinas negras. Caminé a tientas con las manos en los bolsillos para entrar en calor y me acerqué al vestidor. A través de las cortinas semitransparentes vi una figura difusa y pálida, mi propio reflejo oscurecido, que acudía a mi encuentro en el espejo. Sentí una punzada de desazón al verme, una sombra sin rasgos acechando tras las cortinas, alguien a quien no reconocía. Pero entonces aparté la cortina y me vi, con las mejillas enrojecidas por el viento.

Estaba a punto de darme la vuelta cuando reparé en las máscaras. El espejo estaba apoyado en dos delgados fustes, de cada uno de los cuales colgaban unas pocas máscaras, de esas que cubren sólo los ojos y parte de la nariz, como la que usa el Llanero Solitario. Una tenía bigotes y estaba cubierta de purpurina. Quien se la pusiera parecería un ratón vestido de fiesta. Otra era de terciopelo negro y habría resultado apropiada para una cortesana de camino a una mascarada eduardiana.

 

Toda la cabaña estaba decorada con máscaras, que colgaban de los pomos de las puertas y de los respaldos de las sillas. Una grande y de color rojo me miraba, furiosa, desde la repisa de la chimenea, un demonio surrealista hecho de papel maché lacado, con un pico curvo y plumas alrededor de los ojos, perfecta para disfrazarse de la Peste Negra en una fiesta temática dedicada a Edgar Allan Poe.

 

La más inquietante de todas colgaba del pestillo de una de las ventanas. Estaba hecha de un plástico algo deformado y parecía la cara de un hombre tallada en un bloque de hielo. Era difícil verla, puesto que se confundía con el cristal de la ventana y me sobresalté cuando la atisbé por el rabillo del ojo.

La puerta principal se abrió de golpe y entró mi padre arrastrando el equipaje. Al mismo tiempo mi madre me habló a mi espalda.

—Cuando éramos pequeños, sólo unos niños, tu padre y yo solíamos escaparnos aquí para huir de todo el mundo. Espera. Espera, ya lo sé, vamos a hacer un juego. Tienes tiempo hasta que nos marchemos para averiguar en cuál de estas habitaciones fuiste concebido.

Disfrutaba tratando de escandalizarme de vez en cuando con revelaciones íntimas y no deseadas sobre ella y mi padre. Fruncí el ceño y le dirigí lo que quería ser una mirada de reprobación, pero ella rió, como siempre, y ambos nos sentimos satisfechos, habiendo representado nuestros respectivos papeles a la perfección.

—¿Había cortinas en todos los espejos?

—No lo sé —me contestó—. Tal vez quien durmió aquí la última vez las colgó, en recuerdo de tu abuelo. Según la tradición judía, cuando alguien muere, quienes le velan cubren los espejos. Es un recordatorio contra la vanidad.

—Pero nosotros no somos judíos —dije.

—Pero es una costumbre bonita. A todos nos vendría bien dedicar menos tiempo a pensar en nosotros mismos.

—¿Y por qué todas esas máscaras?

—Toda casa de vacaciones debería tener unas cuantas. ¿Qué pasa si quieres darle unas vacaciones a tu cara de siempre? Yo ya estoy harta de ser siempre la misma persona, la verdad. ¿Qué te parece ésa? ¿Te gusta?

   

Yo acariciaba, distraído, la máscara transparente que colgaba de la ventana. Cuando mi madre me hizo reparar en ello retiré la mano y un escalofrío me recorrió los antebrazos.

—Deberías ponértela —me dijo con una voz entrecortada e impaciente—. Para ver qué aspecto tienes con ella puesta.

—Es horrible —dije.



—¿Estarás bien durmiendo solo? Si quieres, puedes dormir con nosotros, es lo que hiciste la última vez que viniste. Aunque eras mucho más pequeño.

—Está bien. No quiero ser un estorbo, en caso de que se os ocurra dedicaros a concebir a alguien más esta noche.

—Ten cuidado con lo que deseas —dijo—. La historia se repite.





Los únicos muebles que había en mi habitación eran un catre de campaña con sábanas que olían a naftalina y un armario apoyado contra una pared, con cortinas de estampado de cachemira cubriendo el espejo del fondo. Una máscara de media cara colgaba de la barra de la cortina. Estaba hecha de hojas de seda verdes, cosidas y adornadas con lentejuelas color esmeralda, y me pareció bonita hasta que apagué la luz. En la oscuridad, las hojas parecían las agallas óseas de la cara de un lagarto, con unas cuencas oscuras muy abiertas, donde habrían estado los ojos. Encendí la luz, me levanté y la coloqué mirando contra la pared.

Había árboles alrededor de la casa, y en ocasiones una rama golpeaba uno de los muros con un ruido que me despertaba, pensando que había alguien llamando a mi puerta. Me quedaba dormido otra vez y enseguida me despertaba de nuevo. El viento se convirtió en un fino aullido y de algún lugar llegaba un sonido metálico y constante, un pin-pin-pin, como de una rueda empujada por el vendaval. Me levanté y fui hasta la ventana, aunque no esperaba ver nada. Sin embargo, la luna estaba en el cielo y sus haces de luz se colaban entre las copas de los árboles, mecidas por el viento como bancos de pececillos plateados que viven en aguas profundas y brillan en la oscuridad.

Había una bicicleta apoyada contra un árbol, de esas antiguas, con una rueda delantera gigantesca y la trasera tan pequeña que resultaba cómica. La delantera daba golpecitos: pin-pin-pin. Un niño corrió por la hierba en dirección a ella; era rechoncho y de pelo claro, iba vestido con un pijama blanco, y al verle sentí un miedo repentino. Cogió el manillar de la bicicleta y luego irguió la cabeza como si hubiera oído algo. Yo maullé de miedo y me aparté de la ventana. El niño me miró. Tenía ojos y dientes plateados y hoyuelos en sus regordetas mejillas de Cupido. Entonces me desperté en mi cama con olor a naftalina, ahogando gemidos de temor en la garganta.

Cuando se hizo de día y conseguí despertarme definitivamente, me encontré en la habitación principal, debajo de pesados edredones y con el sol dándome en la cara. La huella de la cabeza de mi madre todavía era visible en la almohada que había junto a mi cabeza. No recordaba haber ido corriendo hasta allí durante la noche, y me alegraba de ello. A mis trece años aún era un niño, pero tenía mi orgullo.

Me quedé allí tendido, como un lagarto sobre una roca —atontado por el sol y despierto sin ser consciente de ello—, hasta que oí a alguien descorrer una cremallera en el otro extremo de la habitación. Miré a mi alrededor y vi a mi padre abriendo una maleta sobre la cómoda. El frufrú de los edredones debido a mis movimientos llamó su atención y volvió la cabeza para mirarme.

Estaba desnudo y el sol de la mañana bañaba su cuerpo compacto y de baja estatura. Llevaba puesta la máscara de plástico transparente que colgaba de la ventana del salón la noche anterior. Le aplastaba los rasgos de la cara, que resultaban irreconocibles. Me miraba sin expresión alguna, como si no hubiera sabido que estaba allí o incluso como si no me conociera. Su grueso pene descansaba en una mata de pelo rojizo. No era la primera vez que lo veía desnudo, pero con la máscara parecía otra persona y su desnudez me desconcertaba. Me miró sin hablar, lo que me desconcertó todavía más.



Abrí la boca para decir hola, buenos días, pero noté un silbido en el pecho. Por un instante pensé, literal, no metafóricamente, que aquel hombre podría no ser mi padre. Me sentía incapaz de sostenerle la mirada, así que aparté los ojos, salí de la cama y caminé hasta el salón haciendo esfuerzos por no correr.

De la cocina salía el sonido metálico de una cacerola y del agua corriente. Seguí los sonidos hasta mi madre, que estaba delante del fregadero, llenando la tetera. Escuchó mis pisadas y me miró por encima del hombro. Al verla me detuve bruscamente. Llevaba puesta una máscara negra de gato, ribeteada de falsos diamantes y con brillantes bigotes. No estaba desnuda, llevaba una camiseta de la marca de cerveza Miller Lite, que le llegaba hasta las caderas, pero las piernas estaban descubiertas y cuando se inclinó sobre el fregadero para cerrar el grifo alcancé a ver unas medias negras con liguero. Sin embargo, el hecho de que me sonriera al verme en lugar de mirarme como si no me conociera me tranquilizaba.

—Hay tortitas en el horno —dijo.

—¿Por qué lleváis máscaras papá y tú?

—Es Halloween, ¿no?

—Hoy no —contesté—. Más bien el jueves que viene.

—¿Hay alguna ley que prohíba celebrarlo antes? —preguntó. Después se detuvo junto a la cocina con un guante de horno en una mano y me dirigió otra mirada—. De hecho, de hecho…

—Ya empezamos. Ha llegado el camión de la basura y en un momento abrirá la puerta trasera y empezará a salir la mierda.

—De hecho en esta casa es siempre Halloween. Se llama la Casa de las Máscaras, es nuestro nombre secreto para ella. Y una de las reglas es que cuando uno está aquí siempre tiene que llevar puesta una máscara. Siempre ha sido así.

—Creo que esperaré hasta que llegue Halloween.

—Tienes que ponerte una máscara. Los de la baraja de cartas te vieron anoche y van a venir a por ti. Tienes que ponerte una máscara para que no te reconozcan.

—¿Y por qué no iban a reconocerme? Yo te he reconocido a ti.

—Eso es lo que tú crees —dijo parpadeando cómicamente—. Los de la baraja de cartas no te reconocerían detrás de una máscara. Es su talón de Aquiles, se guían sólo por las apariencias. Sólo piensan unidimensionalmente.




—Ja, ja—dije—. ¿Cuándo viene el tasador?

—No sé, más tarde. Ni siquiera estoy segura de que vaya a venir. Puede que me lo inventara.

—Sólo llevo aquí veinte minutos y ya estoy aburrido. ¿No podríais haberme buscado una canguro y haber venido aquí solos un fin de semana a poneros máscaras y hacer bebés?

Tan pronto como hube dicho aquellas palabras sentí que me ruborizaba, pero me alegraba de haberme atrevido a burlarme de ella por las máscaras, la ropa interior negra y aquella pantomima que se habían inventado, y que yo era demasiado joven para entender. Mi madre dijo:

—Prefiero que estés aquí. Así no te meterás en problemas con esa chica.

Para entonces las mejillas me ardían como pavesas cuando alguien las sopla.

—¿Qué chica?

—No estoy segura. O Jane Redhill o su amiga. Probablemente su amiga, esa con la que siempre sueñas encontrarte cuando vas a casa de Luke.

A Luke era a quien le gustaba la amiga, Melinda. A mí me gustaba Jane. Pero mi madre había adivinado lo suficiente como para haberme sentido incómodo. Al ver que me callaba su sonrisa se ensanchó.

—Está buena, ¿no? La amiga de Jane. Estoy segura de que las dos lo están, aunque la amiga parece más tu tipo. ¿Cómo se llama? ¿Melinda? Por la forma en que se pasea por ahí con esos pantalones anchos de granjero me apuesto cualquier cosa a que se pasa las tardes leyendo en una casa en un árbol que construyó con su padre. Seguro que sabe colocar su propio cebo y juega al fútbol con los chicos.

—A Luke le gusta.

—Así que es Jane.

—¿Quién ha dicho que tenga que ser una de las dos?

—Tiene que haber alguna razón para que pases tanto tiempo con Luke, además de Luke. —Hizo una pausa y añadió—: Jane vino una vez a casa vendiendo suscripciones a una revista para recaudar dinero para su iglesia, hace unos días. Parece una chica muy sana, con una gran conciencia cívica. Me hubiera gustado que tuviera más sentido del humor. Cuando seas un poco mayor deberías deshacerte de Luke, tirarlo a la antigua cantera, y Melinda caerá en tus brazos. Podréis llorarle juntos, la pena puede ser muy romántica.

Cogió mi plato vacío y se levantó.

—Busca una máscara y únete al juego.

Dejó mi plato en el fregadero y salió de la habitación. Yo terminé el vaso de zumo y deambulé por la habitación. Eché una mirada al dormitorio principal justo cuando mi madre cerraba la puerta detrás de ella. El hombre al que había tomado por mi padre aún llevaba su máscara de hielo y se había puesto unos vaqueros. Durante un instante nuestros ojos se encontraron, los suyos con una mirada desapasionada y que me resultaba extraña. Apoyó una mano en la cadera de mi madre con gesto posesivo. Entonces se cerró la puerta y no pude verlos más.

Fui a la otra habitación, me senté en el borde de la cama y me puse las deportivas. El viento gemía bajo los aleros del tejado. Me sentía melancólico y algo indispuesto, quería irme a casa y no se me ocurría qué hacer. Al ponerme en pie vi la máscara verde hecha de hojas de seda, vuelta de nuevo hacia el espejo. La cogí y la froté con los dedos índice y pulgar, notando su suavidad resbaladiza y, casi sin pensarlo, me la puse.





Mi madre estaba en el salón, recién duchada.

—Eres tú —dijo—. Muy dionisiaco, muy Pan. Deberíamos ponerte una toalla a modo de túnica.

—Estaría bien, hasta que empezara la hipotermia.

—Hay corriente aquí, ¿verdad? Tendríamos que encender un fuego. Uno de nosotros tiene que ir al bosque a por leña.

—No puedo imaginarme quién será.

—Espera. Ya lo sé. Propongo un juego, será emocionante.

—Desde luego, no hay nada que anime más una mañana que pasear por el bosque buscando leña.

—Escucha, no te alejes del sendero. Los niños que lo hacen nunca encuentran el camino de vuelta. Además, y esto es lo más importante de todo, no dejes que nadie te vea a no ser que lleve máscara. Cualquiera que lleve máscara se está escondiendo de la gente de la baraja, como nosotros.

—Si los bosques son tan peligrosos para los niños, quizá debería quedarme aquí y papá o tú ir en mi lugar. ¿Es que no va a salir nunca del dormitorio?

Pero mi madre negaba con la cabeza.

—Los adultos no pueden ir al bosque, porque el sendero no es seguro para alguien de mi edad, ni siquiera puedo verlo. Cuando te haces mayor desaparece de la vista. Yo lo sé porque tu padre y yo solíamos pasear por él, cuando veníamos aquí de adolescentes. Sólo los jóvenes pueden orientarse en las maravillas y espejismos que pueblan el frondoso bosque.

Fuera, el día estaba gris y frío bajo el cielo de color de panza de burro. Fui a la parte posterior de la casa para ver si había leña amontonada, y cuando pasé por delante del dormitorio principal mi padre golpeó el cristal. Fui hasta la ventana para ver lo que quería y me sorprendió mi reflejo en el cristal, superpuesto a su cara. Yo llevaba todavía la máscara verde de hojas, y por un momento lo había olvidado.

Abrió el batiente de la ventana y se asomó con la cara oprimida bajo el caparazón de plástico transparente y sus ojos azul hielo un tanto inexpresivos.

—¿Adónde vas?

—Al bosque, supongo. Mamá quiere que traiga leña para encender la chimenea.

Sacó los brazos por la hoja abierta de la ventana y miró en dirección al jardín, donde unas hojas anaranjadas revoloteaban en el lindero del césped.

—Me encantaría ir.

—Pues ven.

Me miró y sonrió, por primera vez en aquel día.

—No, ahora no puedo. Te diré una cosa, ve tú y tal vez me reúna allí contigo más tarde.

—Vale.

—Es curioso. En cuanto dejas este lugar te olvidas de lo… puro que es. De cómo huele el aire. —Miró la hierba y el lago otra vez, y después volvió la cabeza hacia mí—. También te olvidas de otras cosas, Jack. Escucha, no quiero que olvides…

La puerta se abrió detrás de él, en el otro extremo de la habitación, y mi padre se calló. Mi madre estaba en el umbral, vestida con vaqueros y un suéter y jugando con la gruesa hebilla de su cinturón.

—Chicos —dijo—. ¿De qué habláis?

Mi padre no se volvió para mirarla, sino que siguió con la vista fija en mí y bajo su nuevo rostro de cristal derretido creí ver una expresión de humillación, como si lo hubieran pillado haciendo algo ligeramente embarazoso. Entonces recordé cuando, la noche anterior, mi madre se había llevado el dedo a los labios como cerrando una cremallera imaginaria. Me sentí raro y algo mareado. De pronto se me ocurrió que estaba siendo testigo de alguna clase de juego morboso entre mis padres, y que cuanto menos supiera de ello más feliz sería.

—Nada —dije—. Le estaba contando a papá que me voy a dar un paseo. Así que me voy a dar el paseo —añadí mientras me alejaba de la ventana.

Mi madre carraspeó y mi padre cerró lentamente la ventana, mientas seguía mirándome. Echó el pestillo y después presionó la palma de la mano contra el cristal, dejando una huella húmeda, una extremidad fantasma que se encogió hasta desaparecer. Después bajó la persiana.





Me olvidé de que tenía que recoger leña en cuanto eché a andar. Para entonces había decidido que mis padres me querían lejos de la casa para poder estar solos, lo que me ponía de mal humor. Al llegar al sendero me quité la máscara y la colgué de una rama.

Caminé con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos del abrigo. Durante unos metros el camino discurría paralelo al lago, cuyo color azul gélido se atisbaba entre la maleza. Estaba demasiado ocupado pensando que si ellos querían jugar a ser unos pervertidos y malos padres deberían haber venido a Big Cat Lake sin mí para darme cuenta de que el camino se desviaba y se alejaba del agua, y no levanté la vista hasta que escuché el sonido procedente del sendero: un zumbido metálico, como el de un acero que cruje bajo el peso de algo. Justo delante de mí el camino se dividía para evitar una roca del tamaño y la forma de un ataúd medio enterrado. Después, el camino se unía otra vez y se perdía entre los pinos.

Me sentí alarmado, sin saber por qué. Fue algo en el viento, que comenzó a soplar en ese mismo instante, haciendo que los árboles se agitaran en dirección al cielo, algo en la manera en que las hojas empezaron a revolotear entre mis pies, como si tuvieran prisa por alejarse del camino. Sin pensarlo me agaché detrás de la roca y apreté las rodillas contra el pecho.

Un instante después el niño de la bicicleta antigua —el que pensé que había soñado— pasó pedaleando a mi izquierda, sin mirarme siquiera. Llevaba el mismo pijama de la noche anterior y a la espalda unas alas blancas sujetas por un arnés con correas también blancas. Tal vez las llevaba puestas la primera vez que le vi y no había reparado en ellas en la oscuridad. Cuando pasó a mi lado pude ver sus mejillas con hoyuelos y sus rizos rubios, unos rasgos que le daban un expresión de serenidad. Su mirada era fría y distante y parecía buscar algo. Le observé mientras conducía con destreza su bicicleta de Charlot entre piedras y raíces y después enfilaba una curva y desaparecía.

Si no le hubiera visto por la noche habría pensado que era un niño disfrazado camino de una fiesta, aunque hacía demasiado frío para andar por ahí en pijama. Quería volver a la cabaña, lejos del viento y a salvo, con mis padres. Me daban miedo los árboles, bailando y susurrando a mi alrededor.

Pero cuando me moví fue para continuar en la misma dirección, mirando por detrás del hombro para asegurarme de que el ciclista no me seguía. No me atrevía a regresar por el sendero, porque sabía que el niño de la bicicleta estaba allí, en algún lugar, en el camino de vuelta a la cabaña.

Apreté el paso esperando encontrar una carretera o alguna de las otras casas de veraneo del lago, deseando estar en cualquier parte que no fuera aquel bosque. Y cualquier parte estaba de hecho a menos de diez minutos caminando de la roca con forma de ataúd. Estaba escrito claramente: A CUALQUIER PARTE, en un tablón viejo clavado en el tronco de un pino en un claro en el bosque, donde en otro tiempo la gente debió de acampar y encender hogueras. En el suelo había restos de un círculo de piedras ennegrecidas, con unos cuantos leños carbonizados. Alguien, tal vez unos niños, había construido un cobertizo entre dos rocas, más o menos de la misma altura e inclinadas la una contra la otra. Estaban unidas por un tablón de aglomerado. En la entrada al claro había un tronco que hacía las veces de asiento y de barrera por la que había que trepar para entrar en el refugio.

Me quedé allí, ante los restos del fuego de campamento, tratando de recuperar la compostura. De uno de los extremos del calvero salían dos caminos muy parecidos, dos estrechos surcos medio ocultos entre los matorrales. Era imposible saber adonde conducían.

—¿Qué es lo que intentas hacer? —dijo una niña a mi izquierda, con voz aguda y en tono alegre.

Di un salto hacia atrás y me volví. La niña se asomaba desde el refugio, con las manos en el tronco. No la había visto, oculta entre las sombras del cobertizo. Tenía el pelo negro y me pareció que sería algo mayor que yo —dieciséis años tal vez—, y me dio la impresión de que era guapa, aunque era difícil saberlo con seguridad, pues llevaba una máscara de lentejuelas con un abanico de plumas de avestruz en uno de los extremos. Justo detrás de ella, en la oscuridad, había un niño con la mitad superior de la cara oculta bajo una máscara de plástico del color de la leche.

—Estoy buscando el camino de vuelta —dije.

—¿De vuelta adonde? —preguntó la niña.

El niño que estaba arrodillado detrás de ella miró con interés el trasero en pompa de la chica, enfundado en unos vaqueros desgastados. La chica estaba, no sé si consciente o inconscientemente, meneando levemente las caderas de un lado a otro.

—Mi familia tiene una casa de veraneo cerca de aquí y me preguntaba si alguno de esos caminos me llevaría hasta allí.

—Puedes volver por dónde has venido —dijo la chica, pero con expresión traviesa, como si supiera que yo tenía miedo a dar la vuelta.

—Prefiero no hacerlo.

—¿Qué es lo que te ha traído hasta aquí? —preguntó el niño.

—Mi madre me mandó a recoger leña.

El chico soltó una carcajada.

—Suena como el principio de un cuento para niños —dijo mientras la chica lo miraba con desaprobación—. Y de los malos. Tus padres ya no tienen dinero para darte de comer, así que te envían a perderte al bosque. Al final acabas en la cazuela de alguna bruja, o como relleno de un pastel. Deberías tener cuidado.

—¿Quieres jugar a las cartas con nosotros? —preguntó la chica mientras exhibía una baraja.

—Sólo quiero volver a casa. No quiero que mis padres se preocupen.

—Siéntate y echa una partida con nosotros —insistió—. Jugamos a hacer rondas de preguntas. El que gana una mano tiene que hacer una pregunta a cada uno de los perdedores y ellos tienen que contestar la verdad, sea cual sea. Así que, si me ganas, puedes preguntarme cómo volver a tu casa sin encontrarte con el niño de la bicicleta vieja, y tendré que decírtelo.

—¿A qué jugáis? —pregunté.

—A una especie de póquer. Se llama Manos Frías, porque es a lo único que se puede jugar cuando hace frío.

El chico negó con la cabeza:

—Es de esos juegos en que se van inventando las reglas sobre la marcha.

Su voz, que tenía un cierto deje adolescente, me resultaba familiar.

Pasé por encima del tronco y la chica se arrodilló, deslizándose hacia la parte más oscura bajo los tablones de aglomerado, para hacerme sitio. No paraba de hablar y de barajar las gastadas cartas.

—No es difícil. Reparto cinco cartas boca arriba a cada jugador. El que tiene el mejor póquer gana. Seguramente te parece demasiado fácil, pero luego hay una serie de reglas muy divertidas. Si sonríes durante la partida el jugador a tu izquierda puede cambiar una de sus cartas por una tuya. Si eres capaz de construir una casa con las tres primeras cartas que te reparten y los otros jugadores no consiguen derribarla soplando puedes elegir tu cuarta carta de entre toda la baraja. Si sacas una prenda negra los otros jugadores te tiran piedras hasta matarte. Si tienes preguntas, guárdatelas. Sólo el ganador puede hacerlas. El que pregunte algo mientras el juego está en marcha pierde automáticamente. ¿De acuerdo? Empecemos.



Mi primera carta era una Sota Perezosa. Lo supe porque lo ponía en la parte de abajo y porque era un dibujo de un paje de cabellos dorados que estaba recostado en unos almohadones de seda, mientras una chica de harén le limaba las uñas de los pies. Hasta que la chica no me dio mi segunda carta —un tres de anillos—, no registré mentalmente lo que había dicho sobre la prenda negra.

—Perdona —empecé a decir—, pero ¿qué es una…?

La chica arqueó las cejas y me miró con expresión seria.

—Olvídalo —dije.

El chico hizo un sonido con la garganta y la chica gritó:

—¡Ha sonreído! Puedes cambiar una de tus cartas por otra suya.

—¡No he sonreído!

—Claro que sí——dijo ella—. Lo he visto. Quédate con su reina y dale tu sota.

Le di al chico mi Sota Perezosa y le quité su Reina de las Sábanas. Mostraba una chica desnuda dormida entre una maraña de sábanas en una cama con dosel. Tenía el pelo castaño y liso y rasgos fuertes y hermosos, y se parecía a la amiga de Jane, Melinda. Después me tocó el Rey de los Peniques, un tipo de barba pelirroja cargado con un saco de monedas a punto de romperse. Estaba seguro de que la chica con la máscara negra me lo había dado tras sacarlo de debajo de la baraja. Se dio cuenta de que la había visto y me dirigió una mirada fría y desafiante.

Cuando todos tuvimos tres cartas nos dedicamos un rato a construir casas que los otros no pudieran derribar de un soplido, pero ninguno lo conseguimos. Después me repartieron la Reina de las Cadenas y una carta con las reglas del continental escritas, y estuve a punto de preguntar si se había colado en la baraja por equivocación, pero me lo pensé mejor. A ninguno nos salió una prenda negra, aunque yo no sabía qué aspecto tenía.

—¡Ha ganado Jack! —gritó la chica, lo que me puso algo nervioso, ya que en ningún momento les había dicho mi nombre—. ¡Jack es el ganador! —Se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. Luego se separó y empezó a meterme mis cartas en el bolsillo de la chaqueta—. Tienes que quedarte con tu mano ganadora, para que te acuerdes de lo bien que nos lo hemos pasado. No importa, a la baraja ya le faltan un montón de cartas. ¡Sabía que ganarías!

—Evidentemente —dijo el chico—. Primero se inventa un juego con reglas que sólo ella entiende y después hace trampas de manera que gane quien ella quiere.

La chica estalló en grandes carcajadas, insolentes y desenfrenadas, y sentí un escalofrío en la nuca. Pero en realidad creo que antes de ese momento ya sabía, antes incluso de que riera, con quién estaba jugando a las cartas.

—La clave para evitar perder es jugar sólo a juegos que tú mismo te inventas —dijo la chica—. Adelante, Jack. Pregunta lo que quieras, estás en tu derecho.

—¿Cómo puedo llegar a casa sin volver por donde he venido?

—Es fácil, no tienes más que coger el sendero que tiene el letrero «A cualquier parte». Te llevará a donde quieras ir, por eso dice «A cualquier parte».

—Vale, gracias. Ha estado bien el juego. No lo he entendido, pero me lo he pasado bien jugando. —Trepé por encima del tronco.

No había ido muy lejos cuando me llamó. Me di la vuelta y vi que estaban los dos juntos apoyados en el tronco y mirándome.

—No olvides —dijo la chica— que también tienes derecho a hacerle una pregunta a él.

—¿Os conozco? —pregunté.

—No —contestó el chico—. Creo que en realidad no nos conoces a ninguno de los dos.





Había un Jaguar aparcado en la rampa de entrada detrás del coche de mis padres. El interior era de color cereza brillante y los asientos tenían aspecto de estar sin estrenar. Parecía recién salido del concesionario. Para entonces estaba atardecien—do y desde el oeste llegaba la luz sesgada, colándose entre las copas de los árboles. Me parecía extraño que fuera ya tan tarde.

Subí a saltos las escaleras, pero antes de que alcanzara la puerta mi madre salió, llevando todavía la máscara de gatita sexy.

—Tu máscara —dijo—. ¿Qué has hecho con ella?

—La perdí. —No le dije que la había colgado en una rama porque me daba vergüenza que me vieran con ella. Ahora, sin embargo, deseaba llevarla, aunque no habría sabido explicar por qué.

Miró nerviosa hacia el interior de la casa y después se inclinó hacia mí.

—Lo supuse y por eso estoy preparada. Ponte ésta —me dijo ofreciéndome la máscara de plástico transparente de mi padre.

La miré un momento, recordando cómo me sobresalté la primera vez que la vi, y cómo aplastaba las facciones de mi padre, volviéndolas frías y amenazadoras. Pero cuando me la puse me quedaba bien. Olía ligeramente a mi padre, a café y al aroma marino de su loción de afeitar. Me reconfortaba sentirlo tan cerca.

Mi madre me dijo:

—Nos vamos en unos minutos. A casa. En cuanto el tasador termine su trabajo. Vamos, vamos. Ya casi ha terminado.

La seguí dentro de la casa, pero me detuve en la puerta. Mi padre estaba sentado en el sofá, descalzo y sin camisa. Parecía que un cirujano le hubiera dibujado marcas en el cuerpo para una operación: líneas discontinuas y flechas que señalaban el hígado, el bazo y los intestinos. Tenía los ojos fijos en el suelo y semblante inexpresivo.

—¿Papá? —pregunté.

Levantó la vista y la paseó de mi madre a mí y después de vuelta al suelo. Seguía inexpresivo e impasible.

—Chiss —chistó mi madre—. Papá está ocupado.




Escuché un sonido de tacones en el suelo de madera, a mi derecha, y cuando miré vi al tasador saliendo de la habitación principal. Había supuesto que sería un hombre, pero se trataba de una mujer de mediana edad vestida con chaqueta de tweed y en cuyos cabellos rubios y ondulados asomaban algunas canas. Tenía unos rasgos austeros y majestuosos, unos pómulos pronunciados y expresivos y unas cejas arqueadas propias de la aristocracia británica.

—¿Ha visto algo que le guste?

—Tienen algunas piezas magníficas —dijo la tasadora y dirigió la vista a los hombros desnudos de mi padre.

—Bien —dijo mi madre—. Por mí no se preocupe. —Me pellizcó suavemente el brazo y acercándose me susurró—: Defiende el fuerte, chaval. Vuelvo enseguida.

Dirigió a la tasadora una leve sonrisa estrictamente cortés y desapareció en el dormitorio principal, dejándonos solos a los tres.

—Lo sentí mucho cuando me enteré de que Upton había muerto —dijo la tasadora—. ¿Lo echas de menos?

La pregunta era tan inesperada y directa que me sorprendió. O tal vez fue su tono, que no me pareció compasivo, sino demasiado curioso, deseoso de escuchar algo triste.

—Supongo. Tampoco es que fuéramos íntimos. De todas formas, creo que tuvo una buena vida.

—Desde luego que sí —dijo.

—Me conformaría con que a mí me fueran las cosas la mitad de bien.

—Verás que sí —aseguró, y puso una mano en la espalda de mi padre y empezó a masajearle cariñosamente.

Fue un gesto tan natural y obscenamente íntimo que al verlo sentí un espasmo en el estómago. Aparté la vista —tenía que hacerlo— y me fijé por casualidad en el espejo de la pared del fondo del vestidor. Las cortinas estaban entreabiertas y pude ver el reflejo de una mujer de la baraja de pie detrás de mí. Era la reina de espadas, con ojos negros altivos y distantes y ropas negras pintadas sobre el cuerpo. Alarmado, aparté la vista del espejo y la dirigí de nuevo al sofá. Mi padre sonreía como en trance, recostado sobre las manos que le acariciaban los hombros. La tasadora me miraba con ojos entrecerrados.

—No es tu cara —me dijo—. Nadie tiene una cara así, hecha de hielo. ¿Qué es lo que escondes?

Mi padre se puso rígido y se le borró la sonrisa. Se enderezó y apartó los hombros de la tasadora.

—Ya lo ha visto todo —le dijo a la mujer—. ¿Sabe ya lo que quiere?

—Empezaré con todo lo que hay en esta habitación —dijo ella, poniendo una mano de nuevo en su hombro con suavidad. Jugó un momento con un rizo de su pelo—. Puedo quedármelo todo, ¿no?

Mi madre salió del dormitorio arrastrando dos maletas, una con cada mano. Miró a la tasadora, que seguía con una mano en el hombro de mi padre, dejó escapar una leve risa de asombro —una risa que sonó como «hum» y que me pareció que significaba más o menos eso— y, tras coger otra vez las maletas, echó a andar hacia la puerta.

—Todo está en venta —dijo mi padre —. Estamos preparados para negociar.

—¿Y quién no lo está? —apuntó la tasadora.

Mi madre dejó una de las maletas delante de mí y me hizo un gesto con la cabeza para que la cogiera. La seguí hasta el porche y después volví la vista. La tasadora estaba inclinada sobre el sofá y mi padre tenía la cabeza hacia atrás, y la boca de ella estaba en la de él. Mi madre se volvió y cerró la puerta.

Caminamos por la creciente oscuridad hasta el coche. El niño del pijama blanco estaba sentado en el césped y su bicicleta se hallaba en el suelo, a su lado. Estaba despellejando un conejo muerto con un trozo de cuerno, y el estómago del animal estaba abierto y humeante. Nos miró al pasar y sonrió mostrando unos dientes manchados de sangre. Mi madre me pasó un brazo por los hombros con gesto protector.

Una vez que estuvimos dentro del coche, mi madre se quitó la máscara y la lanzó al asiento trasero. Yo me dejé la mía puesta. Si respiraba hondo podía oler a mi padre.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunté—. ¿Papá no viene con nosotros?

—No —dijo mientras giraba la llave de contacto—. Se queda aquí.

—¿Y cómo va a ir a casa?

Me miró de lado y sonrió, compasiva. Fuera, el cielo estaba azul oscuro, casi negro, y las nubes parecían brasas de color carmesí, pero en el coche ya era de noche. Me di la vuelta en el asiento, me senté sobre las rodillas y miré cómo la casa desaparecía entre los árboles.

—Hagamos un juego —dijo mi madre—. Imaginemos que nunca conociste a tu padre, que se marchó antes de que tú nacieras. Podemos inventarnos historias sobre él. Que lleva un tatuaje de Semper Fidelis de cuando fue marine, y también, un ancla azul, de cuando… —La voz se le quebró y se quedó súbitamente sin inspiración.

—De cuando trabajaba en la plataforma petrolífera.

Rió.

—Vale. Y también imaginaremos que la carretera es mágica, la Autopista de la Amnesia. Para cuando lleguemos a casa ambos creeremos que la historia es real, que de verdad se marchó antes de que tú nacieras. Todo lo demás parecerá un sueño, de esos tan reales que parecen recuerdos. Además, seguramente la historia que inventemos será mejor que la realidad. Quiero decir que sí, que te quería mucho y lo quería todo para ti, pero ¿eres capaz de recordar alguna cosa interesante que hiciera alguna vez?



Tuve que admitir que no podía.

—¿Recuerdas siquiera cómo se ganaba la vida?

De nuevo tuve que admitir que no. ¿Vendiendo seguros?

—¿No es genial este juego? —preguntó mi madre—. Y hablando de juegos, ¿sigues teniendo la mano de cartas?

—¿Mi mano? —pregunté. Entonces me acordé y busqué en el bolsillo de mi chaqueta.

—Te conviene guardarla. Es una mano realmente buena. El Rey de Peniques. La Reina de Sábanas. Las tienes todas, chico. Y te digo una cosa. Cuando lleguemos a casa, llama a esa chica, Melinda.

Se rió de nuevo y se dio golpecitos en la barriga.

—Nos esperan buenos tiempos, chico. A los dos.

Me encogí de hombros.

—Ya puedes quitarte la máscara —dijo mi madre—. A no ser que te guste llevarla. ¿Te gusta?

Bajé la visera del asiento del copiloto y abrí el espejo. Se encendieron las luces automáticas y estudié mi nueva cara de hielo y la que había debajo, deforme y humana.

—Desde luego —dije—. Soy yo.


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